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Bruno no quiere ir al colegio |
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Escrito por bjuan
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14/09/2009 |
Por: Eva Moreno Montilla
Sin duda este verano había sido el mejor para Bruno. Tan bien se lo había pasado que solo pensar en tener que volver al colegio le ponía tremendamente triste.
No es que no le gustara el colegio pero a sus ocho años ya había aprendido a leer, a sumar, restar, a multiplicar, conocía los nombres de los ríos más importantes y sabía distinguir una docena de árboles y animales diferentes. Para él era suficiente. ¿Qué más le podrían enseñar?
Su madre se había empeñado en que la acompañara a comprar los libros, los cuadernos, las pinturas y la mochila para el colegio. Decía que con ocho años ya podía elegir lo que más le gustara.
Pero estaba tan desganado que le daba igual. Un cuaderno no dejaba de ser un cuaderno por mucho que en la portada llevara un dibujo de Ben 10 y las mochilas aunque reconocía que eran chulas solo servían para llevar los libros que tanto le disgustaban.
Ir al colegio era un rollo. Estudiar era un rollo. Sus profesores eran aburridos y no tenÍa demasiados amigos. Los últimos días del verano llegaban a su fin y Bruno aprovechaba para jugar con sus amigos, montar en bicicleta e ir a la piscina. Y sin apenas darse cuenta el último día de vacaciones tocaba a su fin.
Esa tarde había ayudado a su madre en los últimos preparativos. Forrar los libros, preparar la mochila, colocar el uniforme. Después de bañarse y cenar, dio las buenas noches a sus padres y arrastrando los pies subió las escaleras para ir a su habitación. Estaba nervioso y no conciliaba el sueño. Y entonces escuchó una voz que salía de su mochila.
Se levantó sobresaltado y de su mochila salió un diminuto ser que le pidió que se acercara. Se presentó como el Duende del Pasado y le pidió que le diera la mano. ¡Pum!
De repente se encontraban en casa de sus abuelos. En la mesa de la cocina había un niño aproximadamente de su edad rodeado de libros. Su cara era muy feliz.
-Bruno, ¿sabes quién es?- -No.- -Es tu papá. Cuando tenía tu edad le encantaba el colegio. Le gustaba tanto estudiar que era el que mejores notas sacaba de su clase.
¡Pum!
Papá sostenía un diploma en la mano y estaba vestido con una túnica negra y llevaba un gorro muy raro. Tu papá se aplicó tanto en sus estudios que consiguió terminar con las mejores notas de su promoción, le dijo el duende del pasado.
¡Pum!
Ahora Bruno estaba en su cama de nuevo. ¿Acaso había sido un sueño? Se tumbó de nuevo y se durmió. ¿Le estaban tirando de las orejas?
De detrás de su cabeza salió un personajillo con alas que se posó en su barriga. Bruno tenía los ojos como platos.
-¿Y tú quien eres? -le preguntó. -Soy el Hada del Presente. Cógeme de la mano Bruno, vamos a dar un paseo.-
Se hizo de día. Agarrado fuertemente a la mano del Hada volaban debajo de las nubes. Veía como decenas de niños se dirigían al colegio. Bruno pensó que le llevaría allí, pero no, se equivocaba, le llevaba al trabajo de su papá.
-¡Papá!-
-No puede oírte Bruno. Somos invisibles.- Su papá era cirujano y cada día salvaba la vida a muchas personas. Bruno vio salir a su padre del quirófano y hablar con unas personas que le abrazaron mientras lloraban. La cara de papá era muy feliz.
-¿Sabes por qué tu papá es tan feliz Bruno? Acaba de decirle a la familia del niño que estaba operando que se va a poner bien y que dentro de pocos días podrá volver a casa.-
De pronto Bruno se sintió muy orgulloso de su papá.
-Cógeme la mano de nuevo Bruno. Debemos volver a casa.-
Era otra vez de noche. Por segunda vez esa noche se volvió a quedar dormido.
-Bruno despierta. Soy el Fantasma del Futuro y quiero que des un paseo conmigo.-
La palabra fantasma le asustó pero llevaba una noche con tantos sobresaltos que fue hasta el fantasma con valentía.
-Métete debajo de mi sábana, Bruno.-
Aparecieron en una casa desconocida para él. En torno a una mesa había un anciano. Le resultaba familiar. El anciano tenía una cara muy triste. Su mujer le sirvió un plato de sopa caliente y se sentó a su lado.
-Bruno, ¿por qué estás tan triste cariño?-
-Estaba recordando mi niñez, querida. ¿Sabes que nunca me gustó el colegio? Siempre que podía me escapaba y me iba a jugar al balón a un parque cercano. Cuando iba a clase nunca atendía ni hacía los deberes. Mis padres siempre me repetían que si no estudiaba y seguía faltando a clase de mayor tendría grandes disgustos. Ellos siempre estuvieron muy preocupados de mi educación y yo les defraudé. He pasado toda la vida trabajando en algo que no me gustaba y todo porque cuando era un niño no hice caso a los consejos de mis padres. Y ahora me arrepiento. Me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento!
-Bruno hijo, ¿pero qué estás diciendo? Despierta y prepárate para desayunar, dentro de media hora salimos para el colegio. -
Ante la mirada incrédula de su madre, saltó de la cama, se puso el uniforme y se colgó la mochila y bajando los escalones de tres en tres abrió la puerta principal y salió corriendo al coche.
-¿Qué mosca le habrá picado a este niño? –Pensó su madre.
Durante el trayecto Bruno le dijo a su madre que a partir de ese mismo día iba a ser el mejor estudiante del mundo. Iba a atender en clase. Todos los días llevaría los deberes terminados. Y sus notas serian las mejores.
-¿Y sabes por qué, mamá? Porque quiero ser como papá. Quiero que os sentáis orgullosos de mí. Y, sobre todo, quiero ser feliz.
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Última actualización el Lunes, 14 de Septiembre de 2009 13:54 |
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Escrito por bjuan
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04/09/2009 |
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Por: Mª José Rodríguez Carrasco
En un reino que se llama Persia vivía un Rey que estaba con su hijo que se llamaba Fim. Un inventor había trabajado muchos años en un caballo mecánico y cuando se lo enseño al Rey su hijo lo quería probar. Pulsa el botón de la derecha y se eleva hacia el cielo. Entonces Fim aterriza en un bosque con su caballo mecánico de un castillo que vivía una princesa que estaba durmiendo. Se despertó la princesa y vio a Fim, y se enamoro de la princesa. Le acogieron en el castillo una noche. Al día siguiente se escapó la princesa a un reino cercano y el príncipe de ese reino se enamoró a primera vista de aquella princesa. Mientras en el castillo del príncipe el inventor lo encerraron en le calabozo y si el príncipe no regresa en tres días le cortaran la cabeza. La princesa se hizo la loca, para poder escapar del reino cercano para volver a estar con Fim. Y la vio el rey y llamo a los mejores médicos del reino y ninguno le pudo ayudar. El príncipe Fim se enteró de dónde estaba la princesa, se disfrazó de médico y fue a visitarla y le dijo a los guardias que se fueran, se quitó las cosas de médico, se lo volvió a poner y dijo: -Tenemos que salir de aquí. -¿Cómo lo haremos? -Será una sorpresa. Fim dijo a los guardias: -Mañana sacar a la plaza el caballo mecánico, una olla y a la princesa para que se le pase la enfermedad-. Y los guardias así lo hicieron. Al día siguiente lo sacaron todo y el príncipe Fim llevaba unos polvos que hacían humo, salieron todos a la plaza para saber qué iba a hacer el médico, entonces la princesa monta en el caballo, en la olla que habían sacado echo unos polvos y provocó humo y el médico que era el príncipe Fim monto también en el caballo mecánico y volvieron al castillo de la princesa. El padre de la princesa se alegró de verla y la princesa le dijo a su padre: -Me voy al palacio de Fim ¿estas de acuerdo? -Vale, te dejare ir. Montaron otra vez en el caballo mecánico y volvieron al castillo de Fim, cuando el padre de Fim, el Rey, lo vio se puso muy contento y dejaron marchar al inventor porque estaba encerrado en las mazmorras del castillo. El príncipe Fim y la princesa se casaron. |
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Última actualización el Viernes, 04 de Septiembre de 2009 13:01 |
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Escrito por Veronica
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26/08/2009 |
Por: Lourdes Vicente Rodríguez.
Miguel no se quería bañar en su bañera y cada vez que le tocaba se ponía a llorar y a gritar. Un día, su mamá y su papá le llevaron al mar.
Como estaba agitado por grandes olas, la mamá le explicó que el agua de su bañera iba a parar al mar y que cuando él lloraba y gritaba tanto, ese agua hacía luego lo mismo que él.
Así que, si quería ir a la playa y jugar en el mar cuando llegase el buen tiempo, debía empezar a portarse bien en su bañera. Y así lo hizo.
El pequeño empezó a disfrutar del baño de casa y cuando fueron a la playa ese verano, el mar estaba en calma, como sus últimos baños. Fue un verano fantástico en el que conoció a muchos amigos, hizo castillos de arena y se metía en el agua para refrescarse y jugar.
Miguel ahora explica su historia a sus amigos para que estos también se lo pasen bien en el baño de casa y puedan disfrutar todos juntos del verano en la playa. Vosotros podéis hacer lo mismo: disfrutad de vuestro baño y contádselo a todos vuestros amigos, así este verano será divertidísimo jugar junto al mar. |
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Última actualización el Miércoles, 26 de Agosto de 2009 14:21 |
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Escrito por Veronica
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19/08/2009 |
Por: Antonio Jesús Aguado.
Cuando era pequeñito y quería ver el mar, una playa muy bonita llena de agua arena y sal.
Me levanté tempranito para ir a ver el mar, y mi papá y mi mamá me tenían que acompañar.
Me sentaron en la orilla viendo los barcos pasar y los pobres pescadores que llegaban de faenar.
Me sentaron en la arena viendo las olas del mar y mi papa y mi mamá sonreían sin cesar.
Con el ir y venir de las olas mi papa y mama sonreía sin parar.
Con el ir y venir de las olas mi papá y mi mamá disfrutábamos en el mar.
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Última actualización el Miércoles, 26 de Agosto de 2009 13:27 |
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El primer día de vacaciones de Eusebio |
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Escrito por bjuan
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12/08/2009 |
Por: Eva Moreno Montilla
Era el peor día de su vida. Acababan de comenzar las vacaciones de verano y Eusebio a sus diez años recién cumplidos, se encontraba en su habitación sentado en la cama tremendamente aburrido. Y es que todo había empezado mal, muy mal.
Sus mejores amigos se habían ido de vacaciones al pueblo. Iker se había ido a pasar todo el mes de Julio a casa de sus abuelos en Galicia. Carlos e Ignacio irían a visitar a su familia a un pueblecito de Segovia, y ya no vendrían hasta el comienzo de curso. ¿Por qué él no tenía pueblo? No era justo.
Según sus padres toda la familia era originaria de Madrid así que lo mas que podían tener era “barrio”.
- Puf, vaya rollazo se dijo Eusebio-. El único que se quedaba en Madrid, Pablo, tenía terminantemente prohibido jugar con él. Total, no comprendía porque la madre de Pablo se había enfadado tantísimo con él.
Aquella era la avispa más grande que había visto nunca. Y amenazaba con picarlos. Una vez, viendo el canal Odisea con su padre escuchó que si te picaba una avispa te ponías verde y se te saltaban los ojos de las órbitas, o al menos eso había entendido él. No podía consentir que aquello pasase.
Así que cuando la avispa se posó en el rosal fue raudo y veloz a pisotearla y evitar males mayores. Reconocía que el rosal había quedado hecho un cisco pero los restos mortales de la avispa estaban pegados en su zapatilla y se sentía tremendamente orgulloso.
Encima la televisión se había estropeado. Su madre hablaba con el servicio técnico. Cuando colgó, se dirigió a la cocina medio llorando y diciendo
-¿Que es verano? ¿Que los técnicos están de vacaciones? ¡Pues qué bien! ¿Y con qué entretengo al niño? ¿Con un libro?-
Su padre y sus hermanos ya estaban en la cocina desayunando. Su padre leía el periódico, la sección de economía y no dejaba de quejarse de que el país se iba a ir a freír espárragos. Toda la vida deslomándose para que cuatro politicuchos de pacotilla dieran con todo al traste.
Como de costumbre su hermano Rubén había acabado con todas las tostadas y ahora se encontraba dando buen partido de los cereales y a las madalenas. Rubén tenía 18 años, acababa de terminar su primer año de universidad y estudiaba Derecho, aunque según su padre, al paso que iba terminaría torcido cargando ladrillos en una obra.
Tenía la cabeza llena de pájaros, había escuchado decir a sus padres alguna vez. Jugaba al baloncesto en un equipo de tercera regional. Era el guapo de la familia. Alto, con más músculos que sus Action Man y su pelo negro siempre engominado. Todas las chicas suspiraban cuando pasaban cerca de él y éste las miraba con sus profundos ojos azules. Tenía una novia que se llamaba Patricia y le caía casi tan mal como su hermano. Pero la afición secreta de su hermano Rubén era hacerle la vida imposible. Siempre se estaba metiendo con él.
-Mamá, deberíais haberle dejado en la caja de zapatos donde le encontrasteis. Con lo feo que ha salido. Ese pelo rojo, y esa cara llena de pecas. Yo creo que todavía estamos a tiempo de devolverle - dijo su hermano Rubén.
-Deja tranquilo al niño- le contestaron los padres al unísono. Además ya no creo que coja en la caja de zapatos, tendríamos que echarle al contenedor directamente – saltó Peña.
Peña estaba sentada al lado de su padre y no dejaba de hablar por el móvil con su amiga Eva. Por lo visto, estaba enamorada de un chico de su instituto llamado Juanjo. Su madre siempre decía que estaba en la edad del pavo, que con 15 años era normal, que ya se le pasaría. Para su hermana era invisible. Y las pocas veces que se dirigía a él era para llamarle mocoso.
Si Rubén tenía la cabeza llena de pájaros y Peña estaba en la edad del pavo, ¿Qué pájaro le tocaría a él? Tendría que preguntárselo a su padre.
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Última actualización el Miércoles, 12 de Agosto de 2009 09:13 |
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