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Escrito por bjuan
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02/08/2010 |
Por: Fernanda de Almeida Siqueira
En un pueblo muy pequeño y distante vivía una niña que se llamaba Irene. Ella vivía con sus padres y un hermano menor. Le encantaba dibujar. Pasaba el rato dibujando. Su pueblo aunque pequeño era muy bonito, había un parque lleno de pinos, pájaros y un lago con peces y patos. A Irene le encantaba la naturaleza, ella cuidaba mucho del medio ambiente. Ella quería que el cielo siguiera azul, tan azul que contrastara con la nubes. Quería que el aire que respiraba siguiera tan puro como era allí en su pueblo. Pero al paso que Irene crecía, su pueblo también crecía. ¡Pero había un problema! Su pueblo crecía tan desordenado que pasó una cosa terrible: de repente ya quedaban pocos pinos, y en su sitio fueron surgiendo viviendas, polígonos, tiendas y otras cosas más. Entonces Irene empezó a preocuparse, porque aquellos colores que a ella tanto le gustaban, el verde de los árboles, el azul del cielo, el rojo de las rosas, todo iba desapareciendo poco a poco. Fue cuando ella tuvo una gran idea: antes de que todas aquellas cosas tan bonitas desaparecieran, ella iba dibujando y pintando, con la intención de no olvidar jamás cuánta cosa bonita había en la naturaleza. {mospagebreak} Empezó por el parque. Hizo un dibujo precioso, con todos los árboles verdes brillantes. Y menos mal que dio tiempo de acabar el dibujo del parque, porque pronto acabaron con él para hacer un centro comercial en su sitio. Luego ella hizo un dibujo del cielo azul, con nubles blanquitas... Justo al día siguiente empezó a funcionar una fábrica de cemento que echaba un humo negro tan horrible que el cielo se quedó gris. Ya no se podía ver el cielo azul desde el pueblo. Después Irene empezó a dibujar el lago con los peces y patos. Pero allí empezaron a echar basura, y el lago se contaminó. Desafortunadamente los peces y los patos se murieron. Y ella empezó a observar las personas que vivían en el pueblo y se dio cuenta de que la gente ya no era tan feliz como antes. Estaban siempre preocupadas, con prisas, pasaban de estar felices. Ya no tenían tiempo para charlar con los vecinos, para conmemorar la fiesta del pueblo... ¡pobres personas! Irene estaba segura de que la gente de su pueblo estaba de aquella manera porque en el pueblo ya no había colores para alegrar la vida. Ya no había el azul del cielo, el verde de los árboles, el rojo de las rosas... Entonces tuvo una gran idea: para que la gente se acordara de lo bonito y alegre que era el pueblo, Irene amplió sus dibujos y los expuso por todo el pueblo, para que todos los vieran. Aquel mismo día pasó una cosa maravillosa: la gente realmente se puso a ver los dibujos de Irene, la fábrica paró, los coches pararon, y todos se quedaron emocionados al recordar cómo eran de felices viviendo con tanta naturaleza alrededor. Se dieron cuenta de que tenían que hacer algo para que los colores de la vida volvieran al pueblo. Se pusieron a replantar los árboles, a organizar la fábrica para que no contaminase tanto el medio ambiente, ya no echaban nada malo al lago. Estaban haciendo cosas para que fuera posible crecer sin devastar la naturaleza. Pues todo eso sirvió de mucho: ¡El pueblo volvió a sonreír! E Irene, la niña que dibujaba, pasó para la historia de aquel pueblo. La hicieron una estatua en el parque, llena de árboles y pájaros. Y lo más importante fue la lección: que ¡HAY QUE CUIDAR DE LA NATURALEZA!
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Última actualización el Lunes, 02 de Agosto de 2010 08:50 |
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Escrito por bjuan
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26/07/2010 |
Por: Anna León
Tus ojos ese día lloraron, abrazada a mí temblaron tus hermosos labios, y me vi cerca de ti sin saber qué te estaba pasando. Tu hermoso abuelo nos había dejado. Levantando tus dulces manos vi tus ojos rescatados, vi tu mirada perdida, vi mi vida partida. ¡Qué hubiese dado por verte una sonrisa, qué hubiese dado por no ver tus lagrimas vivas, por no verte mi niña, desanecida, entre mis brazos perdida! Me pedías entre lloros que tu abuelo no te dejara y entre mi vida, tus ojos me miraban con tu alma, tu alma entre mis brazos, mi corazón roto en mil pedazos, te dije mi hermosa niña que tu abuelo nos estaba dejando, pero no sin antes decirte que te quiso tanto, que aun muriendo no te estaba dejando. Mi niña con solo siete añitos, viste tu vida partida, y entre abrazos y gritos, te dije lo tanto que te quería. Han pasado nueve meses, nueve meses que tiene tu hermanito, nueve meses que nos dejó tu abuelito, ese que tanto te quiere, ese que tanto te quiso.
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Última actualización el Lunes, 26 de Julio de 2010 08:55 |
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Escrito por bjuan
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18/07/2010 |
Por: Sandra Bravo Agudo
Había una vez un lugar donde reinaba un malísimo duende sin color, el cual tenía a todos sus súbditos viviendo en la oscuridad de los grises. Todos deseaban que el malvado duende les diera un poco de color a sus vidas. Los más pequeños cerraban los ojos e imaginaban cómo sería un mundo con color,¡que difícil tarea! Ya que ninguno conocía los colores, sólo sabían de las existencias de éstos por los más ancianos del lugar, los cuales gustosamente los describían en pequeñas reuniones clandestinas que se celebraban en lugares secretos. Un día, un niño que iba de regreso hacia su casa por un camino viejo vio algo extraño para él. A lo lejos había unas líneas curvas tan bellas que durante unos minutos le fue difícil cerrar los ojos, ya que no quería perder detalle. Sin pensárselo, se dirigió hacía ese haz, después de andar por lugares desconocidos, llegó a su destino. No se lo podía creer, ¡¡¡lo que tenía delante de él eran líneas de colores!!! Sin pensárselo dos veces agarró con ambas manos el haz y se dirigió al reino, tras él todo iba cambiando de color. Llegó de noche a su destino, sin descansar, expandió el haz de colores por el lugar. Los vecinos empezaron a salir de sus casas para ver y celebrar la llegada del color. El duende malvado se enfadó tanto que de él sólo queda un punto negro. Desde ese día el reino disfruta de la alegría del color por todos sus rincones y tanto niños como mayores son felices durante todo el día. Fin
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Última actualización el Lunes, 19 de Julio de 2010 09:03 |
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Escrito por bjuan
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12/07/2010 |
Por: María José Vidal García
Había una vez un niño llamado Héctor que estaba empeñado en encontrar la “buena suerte”,así que pasaba el día buscando debajo de la cama, detrás de la cortinas, por los cajones... La voz de mamá le recordó que ya llegaba tarde a casa de su abuelita, así que dejó de buscar y salió corriendo. La abuela vivía al otro lado del pueblo y tendría que recorrer un gran trecho hasta llegar a la casa y para colmo, comenzó a llover. “Este es el colmo de la mala suerte –pensó-, y además acaba de entrarme alguna piedrecilla en el zapato, porque algo me pincha”. Se disponía a descalzarse para ver qué era lo que tenía en el zapato cuando de repente dejó de llover, con lo que sin perder más tiempo prosiguió su camino. No había caminado ni tres pasos cuando vio un perro que andaba cojeando y, a pesar de que ya llegaba tarde, se paró para ver qué le pasaba. Resultó que llevaba clavado un pequeño broche que sacó con gran cuidado. El dueño del perro, al enterarse, le regaló unas monedas y le aseguró que podría ir a jugar con su perro cuando quisiera. También le dijo que la señora del kiosco estaba muy apenada por la pérdida del broche. Y como Héctor era un niño muy noble, fue rápido a devolvérselo. La señora quedó tan agradecida que le llenó los bolsillos de caramelos y le prometió muchos más cada vez que pasara por allí. “¡Vaya! -pensó Héctor-, éste debe ser mi día de suerte!” Y entonces volvió a notar la piedrecilla en su zapato, pero recordando lo tarde que era ya, echó a correr hacia la casa de su abuela. No tuvo que correr mucho, porque apareció el papá de su amigo Miguel, que se ofreció a llevarlo en coche. Ya estaba cruzando el jardín cuando, de nuevo, notó la piedrecilla y por fin se descalzó para quitarla de su zapato, al tiempo que su abuela salía a recibirlo. Era una piedra minúscula, con forma estrellada, que rápidamente tiró entre las flores del jardín. Mientras merendaban le contó todo lo ocurrido a su abuela, que después de un rato dijo con voz dulce: -"Cariño, tanto tiempo buscando la suerte y al final ha sido ella la que te encontró a ti. Esa pequeña piedra tan rara que acabas de tirar ha sido la causa de toda la buena suerte que has tenido hoy ¡y tú la has tirado al jardín! Pero no estés triste, la suerte sigue ahí y pronto encontrará a otro niño, o quizás algún día te vuelva a encontrar a ti". Así que ya sabéis, amiguitos: si algún día os entra una extraña piedrecilla en el zapato, observadla bien antes de tirarla... ¡Nunca se sabe cuándo la suerte se puede cruzar en tu camino!
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Última actualización el Lunes, 12 de Julio de 2010 09:48 |
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Escrito por bjuan
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05/07/2010 |
Por: Gema Valebona Mateos
Érase una vez una señora que tenía muchas ganas de ser mamá pero como era tan mala tan mala los dioses del cariño no querían que lo fuese.
Hasta que ella una tarde se enfadó mucho y pasó por un parque en el que las mamás felices se reunían allí para que jugaran sus hijos.
Y en cuanto una mama que había cerquita de ella se despistó se llevó el bebé a su casa con una sonrisa de malvada.
El bebé lloraba y lloraba por que extrañaba el amor de su mamá y los abrazos.
Hasta que la señora se hartó del bebe y quiso matarlo pero cuando ya estaba encima de él para hacerlo lo miró a los ojitos y vio a un ser magnífico e indefenso y ella se arrepintió y le perdonó la vida.
Enseguida pasó por el parque y vio a su mamá angustiada y se lo devolvió.
La señora malvada demostró que no era tan malvada como la conocían pero sobre todo demostró que ella también tenía su corazoncito y la mamá volvió con su bebé y todos felices.
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